El recuerdo de Francisco Cerda Landero

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Recién habíamos almorzado ese sábado, mi mamá había ido a la feria y mi papá estaba trabajando y llegaría a tomar once. De repente tocan el timbre… eran unos carabineros que venían a avisarle a mi mamá que tenía que ir a buscar a mi papá a la comisaría.  Recuerdo a mi mamá sentada en la banca frente a la casa llorando, quizás de vergüenza por lo sucedido o bien mordiéndose la rabia que debía sentir porque “el guatón” estaba borracho.

Gran parte de esos momentos están involuntariamente borrados de mi memoria y todo fue transformado a fotografías mentales. La primera de ellas es la de mi abuela, quién llegó a la casa y me sentó en el comedor a media tarde para decirme, sin mucha psicología ni tacto: “mijito, su papá se murió”. Después de eso en mi memoria aparecen mezcladas varias fotos… entre ellas, ver mi casa llena de gente moviendo muebles y yo, atónito, preguntándoles porqué lo hacían. No hubo respuesta. Más tarde me veo tomando un vaso de agua con azúcar y nuevamente yo preguntaba qué era lo que había pasado que estaban todos los vecinos y familiares en mi casa. La fotografía más dura que recuerdo es cuando una tía llegó para buscar el terno de mi papá, y yo nuevamente pregunté para qué lo querían y ella sólo atinó a salir llorando. Seguramente yo estaba shockeado y de seguro mi cerebro no quería registrar este tipo de cosas completamente inversas a las que un niño de 9 años debería aprender.

A las 6 de la mañana del día siguiente desperté con la voz de mi mamá que llegaba a acostarse a mi lado, estaba todo en silencio y al abrir los ojos me di cuenta que estábamos en la casa de unos familiares. Mi mamá tenía un rostro de dolor, de mucha pena. Sólo le pregunté “¿Es verdad?”. Al rato, ya con el sol alto, caminábamos hacia nuestra casa tomados de la mano, sabiendo que al llegar todo iba a ser triste y con muchas personas, porque en esos tiempos el velorio se hacía en la casa… En ese camino fue poco lo que hablamos, me contó en parte lo que había pasado con mi papá y lo que ella había vivido esas últimas horas, no hubo risas, yo no lloraba tampoco, pero el silencio que nos acompañaba nos decía que de ese modo era en el que desde aquel minuto teníamos que seguir con nuestra vida: solo nosotros y unidos de la mano.

Ese mediodía de sábado, mi papá estaba celebrando que había recibido el dinero de una venta que había hecho de frutos del país, como era habitual, en una cantina ubicada en la calle Yungay casi al llegar a Balmaceda. Los testigos e incluso la autopsia dicen que fue un vaso de cerveza o a lo más dos, lo que no explica que al salir de ese lugar se desplomara quedando apoyado en el poste de la luz. Para los carabineros las circunstancias eran simples: un borracho estaba durmiendo en la vereda en un día de feria, por lo tanto la solución era llevarlo a la comisaría. Hasta ahí la novela pudo haber tenido un final feliz, sin embargo al reconstruir la historia supimos que los carabineros enviaron a otras personas detenidas por ebriedad a levantar a mi papá y meterlo al furgón. Esto mismo fue lo que se realizó para llevarlo, en la comisaría, desde el furgón hasta el calabozo. Poco después uno de los compañeros de celda golpeaba la puerta metálica pidiendo auxilio porque “¡se estaba muriendo alguien!”.

No es el final que un reconocido comerciante de Cauquenes merece tener, tampoco es el desenlace de un diabético que nunca fue controlado, mucho menos es lo que se esperaría como fin para un padre de familia de tan solo 42 años. Pero así fue, y así me marcó.

Sin duda ese día, el 17 de octubre de 1992 marcaría mi vida para siempre. Hoy, luego de 25 años de un crecimiento y aventuras muy diferentes a las que un niño de 9 años pudo imaginar, puedo decir que la justicia algo ha mejorado, pero siguen habiendo injusticias de esas que me siguen dando rabia, que quedan en el aire, e impunidades en muchos ámbitos que permiten que numerosas personas, a pesar de actuar de mala manera, siguen su vida como si nada. Lo que me llena el alma de felicidad es que también siguen existiendo madres luchadoras, resilientes y optimistas, que crean “cuero de chancho” con el propósito de sacar adelante a sus hijos y salir airosas de todo lo mal que la vida los trata.

Hoy celebro a mi papá, hoy recuerdo sus juegos en el pasillo de la casa y cuando me hacía cosquillas en la guata. Me hubiera gustado crecer junto a él y tener un libro de recuerdos, también me hubiera gustado conocerlo más y saber, por ejemplo, de qué forma logró convertirse en quién era teniendo sólo sexto básico y viniendo del campo.

No es fácil crecer con la mitad de las raíces cortadas, pero hay árboles que a pesar de los vientos, de la poca agua, de sentirse diferentes a los demás pares, son capaces de crecer e incluso de dar frutos. Entiendo que para eso se necesite un pilar importante, que otorgue soporte y permita que ese árbol crezca firme. Mi mamá es sin dudas quién ocupa ese rol en mi vida, gracias a ellas pude seguir y juntos nos armamos y reinventamos cada cierto tiempo.

Con dos padres así de ejemplares, prefiero pensar que Dios consideró que le había puesto mucho color a mi historia y me dejó sólo con uno capaz de cumplir el doble rol.

 

FRANCISCO EDUARDO CERDA LEAL

KINESIÓLOGO, CAUQUENINO DE NACIMIENTO.

Estudié en el Colegio Inmaculada Concepción, luego fui a Talca a estudiar y actualmente vivo en Chillán.

 

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