La educación para el siglo XXI

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Pedagogos, profesionales e intelectuales de la formación escolar chilena sostienen que la educación para el siglo XXI debe ser un derecho de excelencia, abierta al mundo inclusivo y de calidad en todos los niveles de enseñanza que contribuya a la formación integral y permanente de la persona orientada en post del beneficio del desarrollo del país. 

Si bien aquella visión demuestra el interés de preparar a una persona para que sea capaz de integrarse a una economía cambiante y competitiva también hay que agregar que la educación debiera ser considerada un bien económico, social y cultural en todos sus aspectos y condiciones. Por ningún motivo,  esta no debe ser pensada como un bien gratuito, si no un derecho en un sistema que exige calidad y profesionalismo. A lo ya dicho hay que añadir que tampoco debiera ser considerada un bien colectivo, conviene ser pensada un bien individual, un instrumento de creación e innovación en permanente cambio para la persona.  Entonces, ¿cuál es el rol que tendría que cumplir realmente el Estado en todo Chile?

El rol que debiera realmente cumplir el Estado a través de los municipios de Chile en torno a la Educación es enfatizar en la concepción del desarrollo del individuo, el derecho a esta misma por mantener una educación formal, practica de constante innovación orientada de lleno al mercado y al mundo globalizado. Ahora bien, ¿qué sucede cuando se imparte una educación que no alcanza los objetivos, estándares y pautas deseadas tanto en los establecimientos públicos o privados?, y lo más importante aún, ¿qué sucede con el estudiante que los profesores y docentes forman?

Respondiendo a las preguntas, la educación queda inconclusa y sin utilidad generando en aquel joven vacios de habilidades y contenido. Si bien, el enfoque y trato que da el profesor o docente de aula es sin lugar a dudas el que influye e incita al mejoramiento,  debemos recordar que la educación tal como señalaba Bertrand Russell hace ochenta y ocho años atrás, debiera estar orientada a un método que lo sustente todo y por tanto formativa de contenidos, actitudes y habilidades.  Lo anterior lo entrega el quehacer investigativo, inductivo y deductivo, que desarrollan en el alumno hábitos mentales, y digo hábitos porque sin ser metódico, ordenado, constante y persistente no se logra una formación consolidada que conduzca a desarrollar juicios prácticos y sólidos. De tal manera dicho juicio le permitirá tomar las mejores decisiones, no dudará, ni se sentirá vacio e inconcluso, porque en él también tendrá habituado el principio de la autonomía que le permitirá instruirse, adaptarse y actualizarse.

Por un lado los padres deberán aceptar la educación integra y completa del alumno admitiendo el gran desempeño que el profesor pone en formar un individuo reflexivo y civilizado. Porque al igual que en casa, hay valores que se refuerzan en el aula, y que son importantes para fortalecer el aprendizaje constante en áreas cívico-científicas.      

Cuando las barreras del conocimiento caigan, el docente y profesional no sea evaluado bajo estándares o exámenes estatales que no contribuyan a su mejoramiento y la educación no sea empleada por fines políticos, lamentablemente no podremos hablar de una educación para el siglo XXI en Chile, tal como la entiendo, enseño y transmito “un mejoramiento continúo de calidad inclusiva en constante innovación orientada de lleno al mercado y al mundo globalizado”.

Héctor Cruzat Núñez
Profesor: Historia, Geografía y Ciencias Sociales.

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