¿Y la fiesta de la vendimia?

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Para la  mayoría de los viticultores cauqueninos esa fiesta se fugó a lugares distantes, de grandes viñas que lograron  ser exportadoras de  parte muy importante de su producción a  muchos países del mundo. Sus excelentes resultados se deben principalmente a sus plantaciones  en tierras más fértiles que nuestras erosionadas lomas cauqueninas,   con  uso de tecnología moderna y disponiendo del capital necesario no sólo para su producción, sino que también para una adecuada comercialización.

Unas pocas de ellas, gracias a su gran capital, pudieron expandirse  con importantes plantaciones en otros países del mundo, incluso una de ella está considerada entre las grandes exportadoras  de Argentina;  ya no se trata sólo de tener un peso significativo en el comercio interno sino en el plano  mundial. El ser empresas de excelencia no es una  razón  para ser criticadas siempre y cuando no usen su poder para controlar y dominar el mercado interno a costa de los pequeños y medianos productores.

El Capital no tiene fronteras; su espacio es el mundo, lo que hoy es posible por  los  avances y la gran revolución de las comunicaciones y de los transportes, que nos permiten vivir en un mundo interdependiente e intercomunicado. “El Mundo será nuestro gran mercado” señalan algunos con gran optimismo.

Pero no todos los sectores están en igualdad de condiciones  para participar en  las exportaciones, no porque no sean capaces de producir  vinos de calidad, sino porque no tiene el capital  que les permita disponer de la tecnología para hacer más eficiente su producción, y  desarrollar los medios  para difundir la calidad de sus productos, tanto en el país como en el mundo. Esto implica enfrentar una dura competencia en el mercado interno y externo con fuertes desventajas.

Si los gobiernos quieren que nuestra sociedad sea más justa tienen que prestar a estos pequeños y medianos productores una colaboración a través de  los organismos respectivos. No se trata de apoyar por apoyar; se  debe tener como objetivo que el viticultor comprometido con su esfuerzo en su proceso productivo, tenga el apoyo necesario  para participar en los desafíos que los tiempos actuales le presentan.

Cauquenes, desde los tiempos de la Colonia, se caracterizó  por  condiciones  de clima favorables  para la viña, ya que  dispone de más días de sol que casi todas las provincias de la zona central;  si bien sus tierras, desgastadas por el exceso de cultivo,  especialmente de trigo, han disminuido su fertilidad y sufrido una fuerte erosión, han conservado su capacidad de producir vinos de muy buena calidad; y hay otro problema que los campesinos de nuestra tierra tienen que superar:  la escasez de agua.

Muchos de nuestros viñedos son de rulo y  gran parte de las nuevas variedades  requieren ser apoyadas con riego; si bien existen proyectos de apoyo, no siempre al mediano y pequeño viticultor le es posible postular. El cambio  de rulo a riego no es fácil para muchos de los campesinos  de nuestra zona: su  alto costo, sumado a la baja productividad, así como los bajos precios que obtienen sus productos en “el  mercado”,  le dificultan postular a los programas de riego. Sin desconocer los aportes de la ley de respectiva, se necesita modificarla en algunos aspectos para ser más adecuada a la realidad de la agricultura de las zonas de secano.

En nuestros días nuestra provincia  es considerada por los expertos como un importante terroir; por algo grandes viñas se han instalado en esta  provincia. Los que conocen nuestros vinos los califican muy positivamente por su  calidad. Lamentablemente este reconocimiento no se refleja  en su difusión y comercialización; otros nos superan en ser conocidos dentro el país, y más ausentes aún estamos en el conocimiento del resto del mundo. Los recursos de que disponen los grandes productores para una efectiva propaganda y difusión, nos han dejado en un lugar casi desconocido y   olvidados, y cada vez con mayores dificultades para participar en la comercialización de nuestras  vinos. En el presente años los precios están bajo los costos de producción, cada año más elevados, y  la viticultura de nuestra provincia vive una profunda crisis.

En la década de 1930 la viticultura cauquenina era  reconocida como uno de los principales recursos de la provincia y una actividad pujante en nuestra aislada y poco conocida ciudad de Cauquenes, en esa época  de difícil comunicación con el resto del país. El país miraba hacia el Norte por sus riquezas mineras;  hacia la depresión intermedia, por la fertilidad de sus valles y la facilidad para obtener el agua de riego; y hacia el Sur y por su gradual incorporación hacia actividades agropecuarias.

En cierta forma nos acostumbramos a nuestro aislamiento y probablemente eso influyó en parte importante en nuestra forma de ser. La década del treinta  del siglo pasado finalizó con el terremoto de 1939, que no sólo devastó la ciudad y causó un gran número de víctimas, sino que también    destruyó gran parte de las instalaciones productivas en gran medida dedicadas a la viticultura. Muchos agricultores no sólo perdieron sus casas sino también sus bodegas.

Los cauqueninos no abandonaron  su ciudad y los viticultores no se conformaron con aceptar la desgracia, sino que enfrentaron el desastre producido como una motivación de superación, con la colaboración del gobierno de esa época; y, con un fuerte sentido solidario crearon la Cooperativa Vitivinícola, demostrando que la colaboración en comunidad es la palanca más poderosa para superar difíciles desafíos; industria que, con serias dificultades, se ha mantenido hasta nuestros días.

A fines de la década del 70  y muy especialmente durante la del ochenta del siglo XX, se imponen nuevos criterios.   Se parte del supuesto de que existe una ley natural que regula los procesos  económicos: “la oferta y la demanda”,  la que actúa como fuerza reguladora: a mayor oferta y menor demanda bajan los precios y cuando esta diferencia llega a un nivel tal que la sobre oferta hace antieconómica la   producción, la comercialización de ese  bien se hace inviable y, según esa teoría, es  necesario dejar de producirlo  y remplazarlo por otro más demandado en el mercado. Pero no se tiene presente que no todas las actividades productivas tienen la flexibilidad de adaptarse a la demanda, cambiando   su producción en un breve plazo, a lo que el mercado solicita.

Es posible que ciertas actividades productivas pueden adaptarse con la rapidez necesaria al mercado “regulador”; en la actividades agrícolas esta adaptación es más lenta, no es adecuar o cambiar  una máquina por otra. Es muy difícil en la agricultura, en un corto tiempo, dejar una producción y reemplazarla por otra; sólo los que disponen del capital suficiente para resistir el tiempo  que se requiere para este remplazo.  No se trata de “comerse las vacas” o las parras o su producto, las uvas, ni tomarse los vinos sobrantes en el mercado.

¿ De qué recursos dispone el pequeño o mediano productor agrícola para cambiar su producción en corto tiempo, para responder al “mercado”, especialmente si sus suelos son de poca fertilidad lo que hace más  difícil una transformación rápida.?

La gran pregunta es ¿existe realmente esta mano invisible que regula el mercado, respetando otros valores que son tanto o más importante que los meramente económicos?

Sin desconocer  que el  mercado tiene una efectiva presencia en el proceso productivo existen otras variables que deben ser consideradas. El hombre no puede renunciar a su razón y a su libertad en su participación en el proceso productivo. Algunos pensadores muy respetables sostuvieron “dejar hacer, dejar pasar que el mundo se construye solo”, pero otro pensador del mismo período sostuvo que  “en el banquete de las naciones no existía un puesto para los que llegaban tarde ” . ¿Quiénes fueron,  son y serán los que llegan tarde,  en este mundo que se construye solo?.

El mundo no se construye solo, lo construimos los seres humanos en una interacción comunitaria, y en la vivencia de los valores que nos perfeccionan en nuestra condición humana. El auténtico campesino no sólo busca la justa y necesaria recompensa económica por su trabajo, sino que también, en su diálogo con la naturaleza, siente que participa en la hermosa obra de la creación.

 ANDRÉS GUZMÁN TRAVERSO.

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